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Aburrimiento, ocio y hastío

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Estudio en Le Racou (acuarela alla prima) Cuando pienso en el ocio, las primeras imágenes que vienen a mi mente son aquellas tardes de niñez en las que no sabía qué hacer porque estaba aburrida. Estaría en casa de alguna tía cuyos hijos al ser mayores que yo no servían como compañeros de juegos, y, como tampoco éra del barrio, en principio, jugar con otros niños no era una opción inmediata. Allí en la hamaca, bajo un guanábano veía ir y venir las moscas bajo un calor sofocante. A lo lejos se oían las conversaciones de los adultos y más cerca las de mi imaginación, que hoy recuerda al poeta que alaba a las moscas: “Moscas del primer hastío en el salón familiar/Aquellas tardes de estío en que yo aprendí a soñar.” Y sí, así aprendí yo a soñar. En ese ocio forzado, insufrible, caluroso y sediento se gestaron las ideas, se activó el mecanismo de la imaginación que me llevó lejos de allí. Era el   famoso aburrimiento al que se refiere Russell en La Conquista de la Fe...

Sobre la sensibilidad intelectual

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Sólo una cosa no es la intelectualidad: exceso. Creo que en mis propias palabras reproduzco una advertencia que por siglos ha estado presente en la filosofía aquí y allá, Nietzsche la metaforizó cuando pensaba en la existencia de una especie de intestino del conocimiento. Ya antes de Nietzsche la tradición había hablado de mesura y de término medio pero no se trataba de validar la fórmula de ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario , se trataba de encaminar al pensamiento hacia una opción lo más abierta posible en la cual pudieran concurrir diversas opiniones sin quebrantar el punto de vista, sino, antes bien, ampliarlo. Ahora quiero referirme a eso que llamo sensibilidad intelectual y que no tiene nada que ver con la razón emocional, recién recuperada el siglo pasado por Goleman y novedosa para los desconocedores de Aristóteles. Cuando los intelectuales practican los excesos que conducen al egotismo, al  yo sé más y mejor que tú , a un ejercicio del poder ...

Déjalo que hable solo II

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Sigo   el hilo de la recomendación que llamó mi atención hace unas o dos semanas, la de no escuchar al otro con sus quejas, temores, tristezas e historias desastrosas y me viene a la mente otra historia. Hace muchos años conocí a una persona mayor cuya conversación giraba en torno a la queja: se quejaba del dolor que padecía, ello la conducía a pensar que la vida no valía la pena y en consecuencia era la justificación para su situación económica que calificaba de miseria . Estas quejas examinadas una a una daban como resultado que objetivamente lo único real era el dolor debido a un padecimiento propio de su edad. Era mi decisión escucharla o no y pude no haberle prestado atención si hubiera pensado que ese discurso estaba dirigido a manipularme o hacerme sentir mal (o sea a echar su basura en mí). No obstante decidí escucharla porque se trataba de un ser cuya característica esencial es la misma para todos: estamos hechos de palabras. ¿Qué quería expresar a través de sus qu...

Déjalo que hable solo

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Esta mañana me llamó la atención en el facebook una especie de decálogo que vi   en el muro de un amigo. La primera máxima decía: “ Deja ir a personas que sólo llegan para compartir quejas, problemas, historias desastrosas, miedo y juicio de los demás. Si alguien busca un cubo para echar su basura, procura que no sea en tu mente .”   La imagen que me viene a la cabeza es la de alguien muy metido en la búsqueda de su paz espiritual, una de esas personas que viven individualmente su felicidad, su luz, su serenidad. ¡Qué bueno –pienso− aún hay gente así! Fue entonces cuando la imagen del otro vino a mi mente. ¿Qué pasa con los que no pensamos así, con los que estamos sumidos en la miseria de la existencia cotidiana? Los que aún lloramos y nos afligimos porque nos sentimos solos, confusos y ¡afligidos! Pensé en todas las ocasiones en las que alguien ha venido a echar su basura en mi mente , y contrariamente a lo que quería la autora de esta frase, me sentí bien, tr...

De Cachicamos, musiués y héroes

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Yo siempre pensé que si la gente abandonaba su país se convertía automáticamente en extranjero, por lo menos eso es lo que enseñaron desde muy pequeña. En la Venezuela de entonces se llamaban a esos extranjeros ‘musiú’, y pese a que esta expresión tenía un deje despectivo, esos ‘musiús’ eran la voz criolla para ‘monsieur’, o por lo menos eso dicen los entendidos. Supongo que su origen se remontará al mandato afrancesado de Guzmán Blanco, ¡vaya usted a saber! La cosa es que ser extranjero en Venezuela formaba parte de la identidad social, pues una sociedad mestiza reconoce en su sangre a la sangre del otro. Y como prueba basta preguntar a todo recién llegado a nuestra tierra si entiende porqué en toda familia venezolana tenemos al negro, al catire y al chino nombres cariñosos que entrañan el fenómeno del salto atrás.   Parece que esto ha pasado a formar parte de otro capítulo en la historia social venezolana. Desde la distancia aprecio que ser ‘musiú’ para muchos es...

De la buena voluntad

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  “Tun, tu ¿Quién es? Gente de Paz, Ábrame la puerta que ya es navidad   Aguinaldo Venezolano   A veces pienso en aquella frase que dice que mientras más se conoce a las personas más se quiere al perro. Viendo a mi perro tiendo a afirmarla sin ambages. Pero de pronto me coge el temor de que su aceptación en contra del mundo humano me deshumanice a mí, ésta es la paradoja.   Cuando la tristeza o los desengaños tocan nuestra puerta se debe a que hemos abierto sin preguntar “¿quién es?” . Entonces se comportan como esa gente que viene a tu casa sin considerarte ni apreciarte pero que necesitan alojarse contigo. Gente que se aprovecha de tu hospitalidad y que luego se marchan disgustados porque no les diste lo suficiente. Esta situación nos debilita, confunde y ofende. No sabes cómo actuar y al final te vuelves como tu huésped, desagradecido.   ¿Qué ha pasado aquí? ¡De repente me escucho alabando a mi per...

La nostalgia como visión de mundo

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“nostalgia de sentir tu risa loca…”     Somos seres irremediablemente anclados al pasado, es algo atávico y que justo por eso no se puede evitar. Se dice de vivir el presente –de eso ya he hablado y clasificado como una idea loca–, se dice de vivir proyectado o hacia el futuro, idea que no es loca pero que no se puede realizar sin una conexión con el tiempo actual. Y es por eso que siempre nos queda el pasado, siempre el pasado como problema. Ayer veía fotos de mi ciudad, de Caracas la bella. Alguno que no sea de allí dirá que exagero y que bella no es y tendrá razón: es caótica, peligrosa y sucia. Pero quien la ha vivido sabe de qué hablo. El caraqueño vive atado a su montaña que siempre y sin equivocarse le indica el norte, quizá por eso nos damos el lujo –muy a menudo- de perderlo. Vivir con esa montaña, vivir esa montaña vale todos los sacrificios, los peligros, los precios. Si tomas la Cota Mil , una autovía que la bordea hasta sacarte del valle puedes verla...