Déjalo que hable solo

Esta mañana me llamó la atención en el facebook una especie de decálogo que vi  en el muro de un amigo. La primera máxima decía: “Deja ir a personas que sólo llegan para compartir quejas, problemas, historias desastrosas, miedo y juicio de los demás. Si alguien busca un cubo para echar su basura, procura que no sea en tu mente.”  
La imagen que me viene a la cabeza es la de alguien muy metido en la búsqueda de su paz espiritual, una de esas personas que viven individualmente su felicidad, su luz, su serenidad. ¡Qué bueno –pienso− aún hay gente así!
Fue entonces cuando la imagen del otro vino a mi mente. ¿Qué pasa con los que no pensamos así, con los que estamos sumidos en la miseria de la existencia cotidiana? Los que aún lloramos y nos afligimos porque nos sentimos solos, confusos y ¡afligidos! Pensé en todas las ocasiones en las que alguien ha venido a echar su basura en mi mente, y contrariamente a lo que quería la autora de esta frase, me sentí bien, tranquila y distante de esta propuesta. Reviví las oportunidades que me ha dado la vida de escuchar las tristezas, de acompañar a mis amigos en sus momentos difíciles, de escuchar a los narradores del desamor, de la frustración y del fracaso. ¿Qué hay aquí?
Hace unos días mientras paseaba a mi perro, un vecino al despedirse me dijo con la voz entrecortada, como avergonzado: “¡Ay, nos ha caído la ruina!” Yo pensé que se trataba de la cotidiana queja sobre la crisis, quizá un desahucio, no sé… pero luego continuó: “A mi hija le han diagnosticado el peor tumor que hay, el más malo, el más malo…” Eso era la ruina, pero según la consejera que he citado debí haberle dicho: “Caray, qué mal, ¿no? − y acabar la conversa rapidito−  bueno que vaya bien, chao.” Pero no fue así, ese hombre necesitaba decirlo, verbalizarlo, me escogió a mí porque sabría que lo escucharía, y quizá porque mi respuesta le serviría. Yo le pregunté por detalles, él me los contó. Yo imagino que un hijo enfermo debe ser una agonía, próximo a la muerte, un acto antinatural, por eso le animé no con falsas expectativas, sólo le hablé de lo importante del amor ahora y de que había que tener mucho valor, que ojalá las cosas mejoraran y que no dudara en cumplir con su deber, si bien era difícil.
Imagino que mi vecino no pensó jamás que le diría algo tan superficial como “bueno cuídese” o “la vida es así”. Imagino que mi vecino apreció el que me detuviera a verificar su presencia y su sentido en este mundo,  porque mi vecino, al igual que yo, necesita sentir que pertenece a la comunidad de los seres humanos, seres que hechos de palabras sólo viven para poder contarlo.
La petición de  no ser ‘vertedero del Otro’ es una petición deshumanizante. Nuestra misión es hacer de este mundo un mundo habitable, y para lograrlo hemos de poder vincularnos y articular nuestras experiencias, creencias y pareceres a través de las palabras, no habrá nada más valioso hasta que no dominemos el arte de la telepatía. Mientras tanto no puedo creer que el egoísmo campee tan airosamente por la planicie de la desolación.
Una persona que se queja es una persona que necesita ser atendida, una que tiene miedo debe ser consolada, el que reproduce historias desastrosas pide a gritos que le enseñen otro modo de ver el mundo, el que juzga a los demás pide que alguno le ayude a cambiar su visión. Si no somos capaces de entender esto, no seremos mejores y tampoco podremos ayudar a otros a serlo.
Sospecho que esta especie de decálogos (hay un montón de recetas de éstas por Internet) son el soporte ideal para la sociedad individualista que carcome actualmente nuestro sentido de la realidad. Los seres humanos sólo entienden su existencia a través de la mirada y la palabra del otro, en caso contrario se llama esquizofrenia. Yo me hablo a mí, me contesto a mi y alucino con un mundo en el que todo gira alrededor de mí: soy el creador de mis propias realidades, el dueño de mi destino, genero situaciones que tienen un porqué escondido en mí y al final el sentido de la realidad entera está en el centro de ese agujero negro que se llama ‘ombligo’.
Como resultado de este proceder es que cada vez nos importan menos las consecuencias de lo que hacemos mientras eso no nos afecte directamente. Podemos avasallar a los demás y culpabilizarlos si les va mal, pero ¡jamás ayudarlos! Y cuando nos va mal a nosotros sencillamente metemos la cabeza en el hueco y nos repetimos −cual mantra− ‘yo soy el dueño de mi realidad, esto no me afecta’.

 

(Hay una segunda parte)

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