Déjalo que hable solo II


Sigo  el hilo de la recomendación que llamó mi atención hace unas o dos semanas, la de no escuchar al otro con sus quejas, temores, tristezas e historias desastrosas y me viene a la mente otra historia.

Hace muchos años conocí a una persona mayor cuya conversación giraba en torno a la queja: se quejaba del dolor que padecía, ello la conducía a pensar que la vida no valía la pena y en consecuencia era la justificación para su situación económica que calificaba de miseria. Estas quejas examinadas una a una daban como resultado que objetivamente lo único real era el dolor debido a un padecimiento propio de su edad. Era mi decisión escucharla o no y pude no haberle prestado atención si hubiera pensado que ese discurso estaba dirigido a manipularme o hacerme sentir mal (o sea a echar su basura en mí). No obstante decidí escucharla porque se trataba de un ser cuya característica esencial es la misma para todos: estamos hechos de palabras.

¿Qué quería expresar a través de sus quejas? ¿Qué he expresado yo a través de las mías? ¿Me molesta, he molestado yo? Este es el principio de incertidumbre y el modo cómo mi oreja se dispone a escuchar. ¿Qué hay allí?

Recuerdo que cada vez que la saludaba con un cómo estás, ella me contestaba fatal. Pero un día le repliqué: ¿y además de fatal, cómo estás? De este modo la obligué a darse cuenta de sus palabras o de esa especie de tic de la queja que ocultaba su discurso o sea, lo que ella realmente quería decir. Su fatal quizá era la manera de acabar con la conversación y la comunicación con el otro, era la barrera que impedía demandar atención y recibirla.

Y es cierto. Si una persona siempre nos dice que está mal al final nos alejamos, a mí también me sucede con las personas que siempre están bien. Creo que son personas unidimensionales sin volumen ni claroscuro, sin presencia. Por eso siempre insisto en lo mismo, ¿y además de bien, cómo estás? Y este razonamiento es el que indica mi esfuerzo por escuchar.

Tengo que decir que esta persona poco a poco fue expresando otras experiencias no fatales: que si hoy hablé con nosequién que me contó noséqué,  que si el médico me cambió el medicamento, que fui a la tienda y me compré tal cosa, qué qué pienso yo de equis y así hasta que poco a poco fuimos haciendo una conversación, entrando en el diálogo como quienes entran en una casa común que es la casa de las palabras.

En otro lugar comenté que una conversación equivale a tender un puente entre dos almas. Siguiendo esta idea fui variando de conversaciones  con esta persona algunas eran terapéuticas, otras familiares de tal modo que el fatal se fue desvaneciendo porque en su corazón había un sinfín de historias que contar ¡y muchas divertidas!

Lo que le mostré a esta persona fue mi interés por ella, por su vida que vale lo mismo que la mía, y que el hecho de que no fuera capaz de expresar la riqueza de sus vivencias no significaba que no las tuviera. Ella no sólo era queja y alguien tenía que hacérselo ver.


De esto hace muchos años y a día de hoy el dolor no ha desaparecido y es probable que sea más intenso. Nuestras conversaciones giran en torno a intereses comunes: las manualidades, la cocina, sus recuerdos. Yo le cuento mis cosas e incluso me permito quejarme cuando estoy mal, me gusta que me diga que la vida no vale nada, pero referida a mí y en sus labios esta frase significa no vale la pena vivir sumido en las preocupaciones, ocúpate.

Si yo me hubiera apartado de esta persona a quien al conocerla le puse el mote de ‘uyuyuy’ (porque era verdaderamente insoportable), nunca habríamos podido hablar un idioma común que nos comunica con el mundo y despierta la compasión y la solidaridad.

Por cierto, hace días me encontré con mi vecino y le pregunté por la salud de su hija. Me sonrió y me dijo: “Ay, no sabe lo contento que estoy, ya han comenzado a darle un tratamiento!” Yo le respondí con un: “Me alegro muchísimo, ya verás que todo saldrá bien”. Ambos sonreímos porque sabemos que no se puede vivir sin esperanza.

 

(Hay una tercera parte)

Comentarios

  1. Me encantó tu reflexión, Rayda.
    Confirma la frase que una vez leí: Con cada nuevo idioma aprendido vas a adquirir una nueva alma.
    Hay que aprender el idioma individual de cada uno para adquirir esa alma...
    Un abrazo
    Jan

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Me interesa lo que piensas, dilo..

Entradas populares de este blog

Las mismas razones

Calor y filosofía

Sobre la sensibilidad intelectual