Vivir sin Filosofía


 


 
 
Un mundo sin filosofía es inconcebible por antinatural. Una de las primeras actividades complejas y gratificantes que aprendió el ser humano después de la religión y el arte, fue la filosofía. Y aunque se crea que esto no era importante para nuestra especie, el hecho de poder reflexionar, pensar en posibilidades imposibles y remotas provocó un milagro: ya no se ocuparía sólo de cosas inmediatas sino que también probaría la sensación del largo plazo, de lo que no se podía alcanzar ahora pero que a fuerza de un trazo seguro sobre el futuro podía dibujar la esperanza.

 Como por arte de magia su vida se estiró y dejó de ser inmediatista y efímera para convertirse en algo más, una vida lanzada al futuro, al proyecto.

 
Dicho esto, vivir sin filosofía implica vivir en el presente absoluto, cosa que se ha puesto de moda a partir de una malísima interpretación del ‘vive el presente’, ‘vive el día a día’.

 Vivir el presente  es la cosa más loca que he escuchado nunca y la más dañina, pues se trata de anular el impulso sofisticado del ser humano proyectado hacia el futuro y marcado por su pasado. La filosofía hizo posible este pensamiento, cosa que la religión no pudo. En la religión el pasado formaba parte de un mito sagrado, mito que marcaba con mucho cuidado el límite entre lo humano y lo divino, un pasado al que no se podía volver porque el vínculo del hombre con Dios se había roto. Esto es sabio, porque lo único que el hombre no puede hacer es viajar en el tiempo y si bien puede imaginar su futuro –pleno de posibilidades- , no puede imaginar cambiar su pasado porque la contundencia de lo vivido siempre reta a sus frustraciones.

Dejar todo lo que puedo querer por lo ya querido es un acto antinatural porque nadie puede volver al pasado. Podemos, si, tener nostalgia, imaginar qué habría pasado si... y la experiencia dice en todos los casos que por una razón u otra preferimos este presente. De allí deriva el malentendido de vivir el presente, el día a día. Como seres proyectados al futuro no podemos evitar vivir con él. La filosofía nos enseñó a no torturarnos con este pensamiento torturante, nos aconsejó la prudencia.

Esta cualidad tan poco valorada hoy en día es justamente la que evidencia el malentendido. En una sociedad que aúpa la audacia y aconseja el vivir el presente, la prudencia es una cualidad pasada de moda sólo reservada a los viejos, miedicas, y pusilánimes. Vivir con prudencia es un acto de conservadores, de gente poco atrevida, de aquellos que no apuestan. Por supuesto, todo esto es una mala interpretación y recepción del concepto prudencia.

La prudencia que es la traducción de phrónesis [en griego], es la condición a través de la cual el hombre no sólo es capaz de aplicar su conocimiento a una situación actual sino que esto requiere a la vez una visión clara sobre el significado y consecuencias futuras de esa aplicación. Ser sabio significa ser prudente. No significa aprender a vivir en el presente, o en la inmediatez.

El sabio es un ser reflexivo. El filósofo, que no es otra cosa que un amigo de la sabiduría, es un personaje que conoce los beneficios de ésta y va en su búsqueda, es por ello capaz de desmantelar los argumentos engañosos que conllevan a la infelicidad.

Vivir sin filosofía es vivir sin la opción de alcanzar la felicidad, es vivir en el engaño de las filosofías del pret â porter. Es no poder entender nuestro pasado y tratarlo sólo desde la nostalgia, despreciar el futuro bajo la consigna de que no vale la pena ocuparse de lo que no ha sucedido y vivir mal el presente gastando todas nuestras fuerzas en una vida que pronto habrá sido y otra que pudo haber sido.

La filosofía nos ofreció por ello la opción de situarnos en el tiempo como seres vivos, cambiantes, inseguros. Necesitados a veces de vernos en el espejo del pasado y revisitarlo para saber lo que sucedió allí. Somos al mismo tiempo aquellos que visionamos el futuro para lanzarnos a su caza y captura en medio del presente que, como si se tratara de una balanza cósmica, nos indica que en esa confluencia de aguas turbulentas la mayoría de las veces creeremos naufragar pero constataremos que ese es el vaivén de la vida que nos muestra vivos.

Es quizá por esto que muchos han optado por pronunciarse a favor de vivir el presente, pues éste supone una muy complicada situación que comprender y una gran responsabilidad con nosotros mismos.
 

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