De la rutina



“(…) el espíritu libre vuelve a acercarse a la vida, lentamente, casi a su pesar, desconfiando. Todo en torno de él parece que se hiciera más cálido, más dorado, por decirlo así; sus sentimientos y simpatías adquieren profundidad, brisas tibias pasan delante de él. Se encuentra en cierto modo como si se abrieran sus ojos por primera vez para apreciar las cosas próximas. Está maravillado y se recoge en sí mismo, silencioso: ¿dónde estaba, pues? Todas estas cosas próximas y contiguas, ¡qué cambiadas se le aparecen! ¡Qué encantos revisten para él ahora!”
(F. Nietzsche, Humano, demasiado humano)


Es normal cansarse de la rutina, por alguna razón todas terminan por aburrirnos o acaso por llevarnos a la pregunta de si se pueden cambiar. Otras veces, en tanto hemos hecho de ellas un amable ritual nos son imprescindibles.

Cuando se hace un alto en las obligaciones cotidianas, ambos pensamiento chocan. Comenzar un período de vacaciones puede suponer también un pequeño estrés, nos quejaremos de despertar a la misma hora o de extrañar cada segundo de la rutina diaria. Por otro lado, al retomar esta rutina cuesta hacerse de nuevo a los horarios y se añoran aquellos días tan lejanos en los que ver el horizonte del mar, si despejado o no, era la única preocupación.

Algunos suelen hablar de este sentimiento como 'síndrome postvacacional',  una especie de pandemia social que se distingue por ser una combinación de poca energía, falta de concentración y nostalgia del dolce far niente. No tiene cura, sólo el ritmo cansino del día a día parece devolvernos a la normalidad.

¿Es tan sencillo así? No lo creo, a una filósofa como yo también le toca pensar en esto porque encierra dos contradicciones. La primera y evidente está en ponerle el nombre y la característica de síndrome sin reparar en que acaso el asunto no sea para tanto. Y la segunda, en creer que su curación viene dada por una especie de domesticación del descontento que acaba autoconvenciéndonos de que lo mejor es anular ese sentimiento con la prosaica necesidad de trabajar. 

En principio, no debería hablarse de un síndrome porque éste se refiere a una enfermedad, es decir no hay que permitir que se patologice una situación normal. El único remedio es aprender a entender qué pasa ahí, qué es lo que hace que se sienta una cosa y no otra. Pienso que el síndrome postvacional  tiene que ver con perder de vista el compromiso con el proyecto vital en el cual están implicadas todas nuestras rutinas, desde las más queridas hasta las más odiosas. En el justo momento en que el pasado feliz de unas vacaciones ocupa el presente del día a día para estropearlo, lo que se puede hacer es recuperar el sentido de nuestro quehacer en pos de la realización del proyecto vital. En ese momento dejaremos de sentir malestar y éste se convertirá en un grato recuerdo que vendrá siempre a actualizar, en aquellos momentos de cansancio, la brisa fresca de lo felizmente vivido.


De este modo se evita el segundo punto, pues no hay que conformarse con la desgraciada situación de trabajar como si fuéramos corderos condenados al matadero. Si se entiende que se hace lo que se hace como fruto de una elección y que esa elección se adecúa a una manera de entender la realidad, inmediatamente la sensación de hacer lo correcto y lo más beneficioso para nosotros mismos vendrá a nuestra ayuda.

Llegados a este punto, comprendemos las palabras de Nietzsche: vemos con nuevos ojos la antigua rutina y acariciamos, de nuevo, los sueños que ésta nos ayudará a cumplir una vez más.

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