El arte mueve, conmueve, emociona, impresiona, suscita…






 “Ese instinto de la libertad, vuelto latente a la fuerza –ya lo hemos comprendido-,
ese instinto de libertad reprimido, retirado, encarcelado en lo interior y que acaba
 por descargarse y desahogarse tan sólo contra sí mismo: eso, sólo eso es, en su inicio,
la mala conciencia".
Friedrich Nietzsche, La Genealogía de la moral


 Claude Monet, 1840–1926, Lirios de Agua, (1916) óleo sobre tela, 2007 x 4267 mm

Estaba frente a una hermosa obra de Monet, Lirios de Agua (1916). Hace unos dos metros por cuatro, y es absolutamente grande, fresca, casi expresionista. Tiene un aire triste por esos grises, verdes, azules. Relaja la delicadeza de sus colores y la imprecisión del trazo que se deslíe… se mezcla… provoca.
Creo que las palabras jamás le hacen justicia a lo que conmueve: esa cosa indescriptible que llega profundamente al interior de la mente y la memoria y hace saltar las lágrimas sin que se pueda hacer nada para evitarlo.

Y es que alguna vez leí que había una cosa que daba ventaja a la pintura sobre las palabras, es que con estas últimas podemos mentir pero con la pintura no. Evidentemente se refería a la retórica inútil y a la manipulación por la vía del lenguaje: falacias, razonamientos erróneos, conceptos imprecisos y un largo etcétera que se confunde con la mentira, la falsedad, la mala intención. Entonces un cuadro no miente, concluí lógicamente y cuando me veo frente a ese Monet en la Tate Modern, pienso que efectivamente es así: una sonrisa de satisfacción unida a una complicidad milenaria hace que ese artista y yo nos comuniquemos y nos identifiquemos con alguno anterior que provocó lo mismo en Monet y otro que antes de ese hubiera hecho lo mismo, así hasta llegar al más antiguo de todos, a la más antigua de todas la experiencias.

Siguiendo la invitación de Monet, tomé una foto y se la envié a una amiga que también pinta, sabía que con ella no serían necesarias las palabras. Inmediatamente me respondió: ¿Cuando ves esas obras tan hermosas y vibrantes no sientes ganas de llorar? Y yo le respondí que eso se llamaba conmoción. Me he quedado pensando sobre mi respuesta: conmoverse, moverse con, moverse y ser movido por el otro, por lo otro. Aceptamos en ese momento que el movimiento no es uno que nosotros provocamos sino que nos dejamos llevar de buen grado, pero, ¿y por qué las lágrimas? Porque nuestros afectos son movidos a un lugar al que ellos no estaban dirigidos en ese momento. Así es como nos mueven las cosas buenas y las malas, las feas y las bellas.

Quizá se trate de encontrar un vínculo entre la verdad y la mentira, o lo verdadero y lo falso, acaso entre lo cierto y lo incierto que hay detrás de las experiencias humanas. Pero como no soy partidaria de tomar partido por una cosa y descartar la otra, el conflicto entre la palabra y la pintura  no se puede resolver por la vía del ataque a la retórica que manipula, porque en la pintura también existe: habrá obras impostadas, producidas por unas necesidades diferentes a continuar con ese diálogo milenario que está compuesto por infinitas conversaciones en las que cada artista dialoga como sabe y puede. Tanto la palabra como la pintura conmueven si son legítimas y eso que las legitima va más allá de los binomios clásicos que hablan de verdad-falsedad, mentira, incerteza.

Los seres humanos sólo somos capaces de expresar nuestras visiones de mundo que pueden ser más o menos acertadas. Sólo la mala conciencia magistralmente descrita por Nietzsche es capaz de producir expresiones inhumanas, pues se trata de mentir con la expresa conciencia de mentir a sabiendas de nuestra capacidad de hacer daño con esa mentira. Con la palabra se llama insultar con la pintura, despreciar.
Por ello cada vez que nos conmueve una obra humana, pensamos que estamos delante de la más grande de todas las verdades si se ha hecho sin interés alguno de influenciar, de adoctrinar, sino sólo por el placer de continuar un diálogo, poniendo en juego la palabra humana como si se tratara de un vaivén de intenciones y sentidos.

Sí, amiga, por eso coincidimos en que se llama conmover.

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